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Por: Efraín Bahamón

Un niño en estado shock es descubierto abrazado al cuerpo sin vida de su madre asesinada tres días antes por paramilitares. La imagen es contundente, no se borra de mi mente, no puedo dejar de preguntar y trato de imaginar el horror  experimentado por esta criatura. ¿De dónde viene la violencia? ¿Es una condición inherente al ser humano? Días más tarde,  de nuevo en las noticias, otra masacre. Entre el 16 y el 21 de febrero del  año 2000 un grupo paramilitar llevó a cabo uno de los capítulos más horrendos de la historia del conflicto armado en mi país; 450 paramilitares masacraron a los habitantes de la población del Salado.  (Montes de María, Colombia)  Sesenta personas mueren en total estado de indefensión. Las víctimas: campesinos inocentes atrapados en una guerra ajena.  Dejo caer el periódico y pienso que debo escribir algo, decir algo… Pasan los días, finalmente, me doy a la tarea de escribir un guion de cortometraje. Sin embargo, a medida que escribo aparecen cientos de imágenes, el texto se alarga; necesito más tiempo y espacio para expresar todo lo que siento. Imagino a dos mujeres analfabetas que emprenden una marcha hacia el Salado en busca de alguien que les lea una carta. ¿Y si una de ellas, la más joven, estuviese embarazada?  ¿Y si al llegar al pueblo, descubren un escenario de muerte y destruccion? Todas estas imágenes son el origen del guion de “Dos mujeres y una vaca”. La anécdota de una carta sin lector, un viaje y una vaca caprichosa son algunos de los elementos que encontré para  indagar y reflexionar sobre un tema que me obsesiona desde siempre ¿De dónde viene la volencia? ¿Por qué los más desfavorecidos deben padecerla en todo su rigor? En un intento por responder, escribí esta historia. El resultado; un drama donde seres humanos abandonados a su suerte descubren que aún, en medio del dolor y la muerte, el perdón y la esperanza tienen una posibilidad.

 

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